Noelia Pólvora: "Cada paso valió la pena"
- Untable Magazine
- 1 oct
- 9 Min. de lectura

A los 18 se fue de Uruguay por amor y terminó viviendo en seis países. En cada mudanza, el arte fue su refugio. Noelia Pólvora pinta con urgencia y emoción escenas íntimas y realidades sociales que la atraviesan. En esta charla con Untable Magazine habla de migraciones, abrazos, desigualdad, y de cómo la técnica alla prima le permite “pintar el alma en tiempo real”.
El viaje comienza
A los 18 años te fuiste de Uruguay y empezaste a vivir en distintos países. ¿Qué te llevó a tomar esa decisión tan joven?
NP: —Así es, a los 18 años viajé por primera vez a Francia por amor. Yo estaba de novia con la persona que hoy es mi esposo y padre de mis hijos. A él le surgió una oportunidad de trabajo allá. Yo al principio iba y venía ya que era muy joven y estaba terminando el secundario en Uruguay.
¿Cómo era tu vida en ese momento? ¿Recordás cómo fue llegar a Francia sin hablar el idioma, en pleno norte, en un pueblo como Valenciennes?
NP: —En ese momento, siendo tan joven, mi vida era tranquila. Yo siempre fui muy dedicada a mis estudios, muy responsable. Esta situación fue algo que nunca hubiera imaginado, algo inesperado. Me causó diferencias familiares, especialmente con mis padres, ya que no aceptaban la idea de que me fuera de Uruguay a esa edad.
Llegué a Francia sin hablar una palabra en francés, fue bastante frustrante al inicio. Luego me fui superando día a día y fui encontrando mi equilibrio en el arte. El arte fue y sigue siendo mi cable a tierra.
En ese primer taller de arte, rodeada de personas mucho mayores, ¿qué encontraste? ¿Qué significó para vos ese espacio en una etapa de tanta soledad y cambio?
NP: —En ese primer taller de arte, rodeada de personas mucho mayores, encontré contención, inspiración y un lugar donde podía ser yo misma sin sentirme juzgada. Fue un refugio en medio de tanta soledad y cambio, un espacio que me sostuvo emocionalmente y me permitió expresarme en un momento en que me sentía un poco perdida.
¿Qué lugar ocupaba el arte en tu vida antes de eso? ¿Ya sabías que era algo más que un pasatiempo?
NP: —Antes de eso, el arte ya ocupaba un lugar muy especial en mi vida, aunque quizás no tan consciente. Siempre me acompañó, era mi forma natural de expresarme y entender el mundo, pero en ese momento todavía lo veía más como un refugio o un juego. No fue hasta estar en ese taller, en medio de tantas emociones y cambios, que entendí que el arte era mucho más que un pasatiempo: era mi lenguaje, mi manera de existir y de darle sentido a todo lo que estaba viviendo.

A lo largo de los años viviste en Uruguay, Francia, España, Italia, Inglaterra, Colombia y ahora Argentina. ¿Qué huellas te dejaron esos lugares?
NP: —Cada uno de esos lugares me dejó una marca profunda, casi como si hubiera ido sumando capas a mi identidad. Uruguay me dio mis raíces, la sencillez y el valor de la familia. Francia me enseñó a abrir la mente, a ser independiente y a valorar la belleza en lo cotidiano. España me regaló el color, la pasión y cierta forma desenfadada de vivir. Italia me llenó de arte, y especialmente vivir en Florencia, caminar por sus calles era convivir con siglos de arte e historia, respirar un aire cargado de belleza que me atravesó profundamente. Inglaterra me mostró algo más reservado, un lugar donde la gente guarda cierta prudencia y el trato es más distante, pero al mismo tiempo me permitió ver la diversidad y el respeto por lo diferente. Colombia me atravesó con su intensidad, su alegría, su realidad social cruda y al mismo tiempo su enorme humanidad. Y Argentina me abrió las puertas para poder mostrar lo que hago, y eso me hizo sentir como en casa. Aquí encontré un espacio para crecer como artista y también como persona, rodeada de gente que valora mi trabajo y mi historia. Este lugar es hoy mi refugio y mi inspiración constante, donde todo lo que he vivido se mezcla y toma forma en mi obra.

¿Cómo hacías para seguir conectada con el arte cada vez que te mudabas?
NP: —Siempre que llegaba a un lugar nuevo, me esforzaba por crear mi propio espacio en el mundo del arte. Al principio me costaba adaptarme, pero enseguida comenzaba a buscar algún taller, un profesor particular o cualquier actividad que me conectara conmigo misma. Aunque, por el trabajo de mi esposo, muchas veces me tocaba moverme en ambientes muy distintos, yo siempre mantuve mi foco en el arte, enfrentando las barreras del idioma, las diferencias culturales y todo lo que implicaba. Sentía una necesidad tan grande, que a veces me arriesgaba a ir a lugares lejanos o a compartir espacios con personas desconocidas, sin siquiera hablar una palabra del idioma local. Sin embargo, poco a poco me iba adaptando, y finalmente, a través del arte, lograba comunicarme sin problemas.
La búsqueda de una voz propia

¿Cómo aparece la técnica alla prima en tu vida? ¿Qué te atrajo de esa forma de pintar directa, sin capas previas?
NP: —La técnica alla prima apareció en mi vida casi de manera natural, como una extensión de mi forma de sentir y expresar. Desde siempre me atrajo la inmediatez y la sinceridad del gesto, la posibilidad de plasmar lo que siento en el momento, sin filtros ni demasiadas correcciones. Lo que más me cautiva de esta manera de pintar directa, sin capas previas, es justamente esa frescura, esa vida que queda atrapada en cada pincelada. Me permite trabajar con una libertad que no encuentro en otros métodos, seguir mi impulso, dejar que el color y la emoción se impongan sobre el cálculo.
Además, hay algo profundamente honesto en el alla prima: lo que surge en el lienzo es el reflejo directo de lo que llevo dentro en ese instante. Y eso, para mí, es el verdadero sentido del arte.
¿Qué te pasa al trabajar así, con tanta inmediatez? ¿Qué desafíos y placeres tiene esa técnica para vos?
NP: —Trabajar con tanta inmediatez me pone en un estado de conexión profunda conmigo misma. Es como si todo lo que pienso y siento pasara directamente al lienzo, sin intermediarios. Me obliga a estar presente, a confiar en mi intuición y en mi gesto. Uno de los grandes desafíos de esta técnica es que no hay margen para el control absoluto ni para la corrección excesiva: lo que se pinta, queda. Eso a veces da vértigo, pero también es lo que lo vuelve tan poderoso. El mayor placer es justamente esa libertad. La posibilidad de entregarme por completo al momento, dejar que el color fluya, que la emoción se imponga. Cada trazo se vuelve definitivo, cargado de vida. Y cuando eso sucede, cuando todo se alinea, siento que la obra respira.
De lo íntimo a lo universal: historias que pintan realidades

Tus obras navegan entre escenas muy dolorosas, como “El refugio en el abrazo” y otras que visibilizan problemáticas sociales urgentes, como “Migración” o “Minería Ilegal”. ¿Cómo integrás esos distintos registros en tu trabajo? ¿Qué conexión ves entre ellos?
NP: —Aunque mis obras aborden escenas muy íntimas y también problemáticas sociales urgentes, para mí ambas dimensiones están profundamente conectadas. Lo personal y lo social son dos caras de la misma realidad humana. Cuando pinto un abrazo o un momento cotidiano, estoy mostrando la vulnerabilidad, el amor y la resistencia que también están presentes en las grandes crisis sociales. Y al abordar temas como la migración o la minería ilegal, intento captar no solo la problemática en sí, sino las historias humanas detrás, sus miedos, esperanzas y luchas. Así, integro estos registros porque creo que toda gran problemática social tiene un rostro íntimo, y cada escena íntima puede reflejar realidades más amplias. Mi arte busca tender ese puente entre lo individual y lo colectivo, para que el espectador pueda sentir esa conexión profunda.

En pinturas como “Comuna 13” rescatás manifestaciones culturales que celebran la vida y las raíces. ¿Cómo te relacionás con esas expresiones sociales y cómo las trasladás a la tela?
NP: —Me relaciono con esas manifestaciones culturales desde el respeto profundo y la admiración por la fuerza que tienen para celebrar la identidad, la historia y la vida misma. En obras como “Comuna 13” o “Cuerda de tambores”, busco capturar esa energía vibrante, esa alegría colectiva que nace de las raíces y las tradiciones. Al trasladarlas al lienzo, trato de mantener esa vitalidad y ritmo, usando el color, el movimiento y la composición para que el espectador sienta la pulsación de esas expresiones sociales. Para mí, pintar estas escenas es una forma de honrar y visibilizar culturas que muchas veces han sido invisibilizadas o marginadas.
¿Podés contarnos cómo la técnica alla prima —tan inmediata y espontánea— te ayuda a capturar emociones complejas, desde lo cotidiano hasta lo político? ¿Sentís que esa forma de trabajar te permite conectar con la humanidad que querés transmitir?
NP: —La técnica alla prima me conecta directamente con la emoción del momento. Pintar así, sin pausas ni correcciones, me permite plasmar la urgencia y la intensidad tanto de lo cotidiano como de lo político. Siento que esa espontaneidad hace que la obra sea viva y auténtica, reflejando la humanidad que quiero transmitir con toda su fuerza y vulnerabilidad.
Para mí, alla prima es pintar el alma en tiempo real, es dejar que el color y el gesto hablen por sí mismos, sin intermediarios. Es un acto de valentía y libertad, que me invita a estar presente, a escuchar mi intuición y a confiar en la energía que surge entre el pincel y el lienzo.
El regreso con la experiencia
Después de haber vivido en tantos lugares, ¿cómo te llevás hoy con la idea de “hogar”?
NP: —Después de vivir en tantos lugares, mi idea de “hogar” se ha transformado profundamente. Ya no lo asocio solo a un espacio físico o una ciudad, sino más bien a un sentimiento de pertenencia y de conexión conmigo misma. El hogar hoy es ese lugar interno donde puedo encontrar calma, inspiración y autenticidad, sin importar dónde esté. Es también el vínculo con la gente que amo, los recuerdos que llevo conmigo y, sobre todo, la libertad de crear y ser quien soy. Aunque las mudanzas me enseñaron la dificultad de empezar de nuevo, también me mostraron que el hogar puede ser flexible y dinámico, un refugio que llevo dentro y que se construye con cada experiencia.

Con Carlos formaron una pareja muy joven, en un contexto difícil, sin apoyo. ¿Cómo fue atravesar juntos esas primeras etapas donde nadie apostaba por ustedes?
NP: —Fue un camino difícil porque enfrentábamos el rechazo de muchos, pero nuestro amor siempre fue más fuerte que cualquier impedimento. Yo tenía plena confianza en él; en su mirada veía la sinceridad de su alma y sabía que era una persona íntegra, alguien que estaría a mi lado para toda la vida. Aunque hubo dudas y críticas que intentaron desanimarnos, nunca dejamos que esas voces afectaran nuestra unión. Cada obstáculo que superamos juntos nos fortaleció y nos enseñó la importancia de la paciencia, la confianza y el compromiso mutuo.
Para mí, ese amor fue un refugio y una fuente de energía, una fuerza que me impulsó a mantener la esperanza y a seguir soñando, incluso en los momentos más inciertos.
Hoy, al mirar atrás, comprendo que esa convicción y entrega fueron la base firme sobre la que construimos nuestra vida en común.
¿Qué aprendiste de acompañarlo también en su camino? ¿Qué diferencias notás con tu propio proceso artístico?
NP: —Acompañarlo en su camino me llevó a conocer ambientes muy variados y a convivir con personas de mundos diferentes, lo que amplió mi perspectiva. Mientras él avanza con disciplina, planificación y un rumbo bien definido, mi proceso artístico es más libre, guiado por la intuición y la emoción del instante. Aunque nuestros caminos son distintos, se complementan. Gracias a su ejemplo aprendí la importancia de la constancia y el esfuerzo sostenido, mientras que él ha valorado la sensibilidad y la creatividad que caracterizan mi forma de trabajar. Esta diversidad en nuestros procesos nos enriquece a ambos y fortalece nuestra manera de enfrentar desafíos.
¿Qué te gustaría que quien vea tus obras hoy pueda sentir o preguntarse?
NP: —Me gustaría que quien vea mis obras hoy pueda sentir una conexión profunda con las emociones y las historias que intento mostrar. Que puedan reconocerse en la vulnerabilidad, la fuerza o la lucha que transmiten mis pinturas. También deseo que mis cuadros inviten a preguntarse sobre las realidades que a menudo permanecen invisibles: ¿Quiénes son estas personas? ¿Qué historias viven detrás de esas miradas? ¿Qué nos está diciendo esta escena sobre nuestra sociedad?
Para mí, el arte es un espacio para despertar la empatía, para abrir el diálogo y para hacer visible lo que muchas veces preferimos ignorar.
Si pudieras hablarle a la Noelia de 18 años que llegó a Francia con una valija y sin entender el idioma, ¿qué le dirías?
NP: —Le diría que admiro profundamente la valentía y la fuerza que tuvo para lanzarse a lo desconocido siendo tan chica. Le diría que no tenga miedo, que confíe en su fuerza y en esa sensibilidad que la hace única. Que aunque al principio todo parezca inmenso y ajeno, el idioma, la cultura, la soledad, un día va a mirar atrás y entender que cada paso valió la pena.
Le diría que abrace con paciencia sus miedos, porque son parte del camino, y que siga buscando el arte como refugio y como puente para conectar con el mundo. Sobre todo, le recordaría que está construyendo algo mucho más grande que ella misma, que cada experiencia, por dura que sea, la va a nutrir y la va a convertir en la mujer valiente y auténtica que siempre soñó ser.
Sitios de la artista:



